Vicious

¿Ha muerto la sitcom o la hemos dilapidado nosotros? Ésta es la disyuntiva frente a la cual debería reflexionar todo hijo de vecino cuando se siente a pernoctar con Vicious, serie que debe consumirse necesariamente de noche y cuyo subtexto parece reivindicar un subversivo modelo de vida para la tercera edad, alejado de los convencionalismos y los homófobos corsés de la atemporal sociedad británica. La historia, si es que la encontramos por alguna parte, narra la pomposa jubilación, a la par que surrealista, de un pareja de homosexuales interpretados por Sir Ian Mckellen y Derek Jacobi, que deciden envejecer (dignamente, eso si) en un caserón de lo más revenío ¡Ah, si por mi fuera! Me hubiera lanzado como alma que lleva al diablo a apostar que se trataba del apartamento de verano no reconocido de Sara Montiel en Torrelodones. Justo al lado del chalé que le desvalijaron al gran Camilo Sesto. Pelucón incluído y todo. Pero como este no es el tema que nos acontece, mejor vuelvo a encauzarme. A todo esto, un buen día aparece en sus vidas un mozuelo de buena casta y sonrisa pícara al que ambos intentarán llevarse al huerto a golpe de sketches de medio pelo y copazos de brandy marca El Caballero. A primera vista, bien podría haber sido Jose Luís Moreno quien hubiera firmado esta radiografía europea de la clásica costumbrista del desposorio, serigrafiada con vigorosa perfección en Escenas de Matrimonio y catapultada a la fama con bastas fórmulas como la de Aquí no Hay Quién Viva o más recientemente, La Que se Avecina. Y de aquellos polvos, estos lodazales.

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Sir Ian Mckellen solía ser un grande. No me atrevo a conjugar el presente por aquello del mal fario africano y esas cosas. Lo descubrí por primera vez cuando aún era un tipo de teatro, encajonado en unos papeles que no le permitían crecer más allá de una mera reseña en la columna cultural de cualquier outdoor de Londres. Luego Peter Jackson lo señaló con el dedo (no sin antes meterese en otra franquicia de peso como es Marvel), gracias en parte a ese papelón que nos regaló en Rasputin y que será y ha sido siempre, uno de esos papeles que marcan de por vida. Lo que es el sambenito de siempre, vamos. Corría 2001 y Sir Ian se enfundaba por primera vez en una vieja capa gris (que ahora debe conocer a cerrado que no veas), una barba de esas peleonas en las que normalmente se te quedan migas de pan cuando comes y un sombrero picudo; Gandalf, había llegado. Y con él, una franquicia que primero produciría New Line Cinema y que ahora arrasa por donde pasa bajo el pesado sello de Metro y WB, como es The Hobbit y su interminable trilogía. Pero digan lo que digan, Mckellen fue grande. Por mucho que tuviera que hacer papeles de lo más esótericos como The Da Vinci Code, junto a un Tom Hanks embravecido y la frandesa Audrey Tautou, para ganarse el pan, nadie podrá negar que Mithrandir colocó a Sir Ian en una posición casi levítica. Quizá por ello ahora intenta alejarse de las faldas de su precursor lo máximo posible, con una salida del amario que prometía remilgada pero que ha terminado por convertirse en todo lo contrario.

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No sabemos aún cuál es la verdadera naturaleza de Vicious. Esa serie tan poco noticiada (a la par que noticiable), que se filtra por los torrents como droga dura y parece abogada al fracaso, es uno de los peores estrenos que ha parido nuestra madre televisión en lo que va de temporada. Al menos, que yo haya visto. Y toquemos madera para que aquí acaben los años de vacas flacas porque los upfronts de mayo invitan a ponerle velas a San Expedito, como mínimo. Ah, ese rara avis llamado Vicious. Que no es ni chicha ni limoná. Como hemos comentado anteriormente, la historia de Vicious es recurrente e incluso me atrevería a señalar que ya existen títulos en alguna parte con la misma premisa ¿Qué nivel de innovación puede aportar la vejez de dos locas? ¿Y sus batas de estar por casa forradas de naftalina? ¿Es indispensable retratar la homosexualidad de Ian Mckellen como si fuera tema de estado? Probablemente la respuesta a todas estas preguntas y más que nos podríamos formular en un espacio de tiempo reducido sería unánime; no. No porque Vicious es una sitcom y no hace reír. No porque Ian Mckellen roza el patetismo cuando en realidad, en realidad… joder, ¡es Gandalf! Un tipo que tumbó a un Balrog gritando encima de un puente en las Minas de Moria no puede ir chorrearando aceite como si tuviera un hijo en la cárcel. Luego está Derek Jacobi, que ofrece una contraréplica y el punto comedido en esta pareja de locas de afterhours, se cierne quizás las ramas sobre las que se retuerce la serie, agobiada por la necesidad de hacer reír al público llevando a los personajes que se pasean por el set al nivel de la deshumanización. Vicious es reírse de la tercera edad sin pudor alguno, a dialogar con un espectador de encefalograma plano, a perderle la partida a un juego con unas reglas muy explícitas; si sabes cómo hacer reír, hazlo. Y Vicious perpretra todo lo contrario; establece un escenario en donde los guionistas maltratan al espectador, basándose en una estrategia que esconde los verdaderos gags tras un tupido velo y nosotros tenemos que levantarnos a moverlo para que corra el aire. Lo siento, pero no.

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Yo no imitaré a esos chamanés de ligas superiores que directamente catalogan Vicious “como una mierda”. No. Yo soy de letras y me gusta argumentar. Aunque  luego sólo me lean mi madre y mi abuela, ahora que les he dado la contraseña del wifi, creo que el respeto es algo fundamental. Vicious es un producto audiovisual, aunque haya serias dudas, y como tal, ha conllevado un esfuerzo ¿Esfuerzo en hacernos retorcernos como cucharachas bajo el efecto de un chufletazo de Cucal? Todavía no me atrevo a afirmarlo. Sea como fuere, mi dashboard de Tumblr está lleno de gifs, frases y capturas de los capítulos posteriores al piloto, lo que me hace plantearme seriamente retomar la serie o es que estamos todos locos. Yo apuesto 5 dólares cuando pase el de la gorra a que Vicious no aguanta ni el primer asalto, pero claro, están por en medio Sir Ian y Jacobi. Y eso, es sin duda alguna, harina de otro costal.

Lo mejor: Sir Ian Mckellen

Lo peor: la serie no tienes por donde cogerla

Tiene una retirada: Escenas de Matrimonio

Primera impresión: 3/10

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