In The Flesh

Innovar es bueno. A veces me atrevería a decir, que esencial. Pero cuando centramos un producto; dígase una serie, un libro o una película de cualquier tipo, en esa premisa como leitmotiv vehicular para atrapar al espectador, nos podemos meter en camisa de once varas. Y eso mismo sucede en In The Flesh, el nuevo drama del tándem Jonny Campbell/Dominic Mitchell y con el inequívoco sello de la BBC, una revisión del mito zombie imperante hasta la fecha y que aporta una visión completamente alternativa de la realidad impuesta por algunas series como The Walking Dead o Death Valley. Pero parece, que eso no es suficiente. La miniserie, de momento no hay prevista segunda temporada, navega entre un mar de inseguridades que se alargarán hasta bien entrado el final de la serie (bluf incluido) y unas interpretaciones histriónicas a la par que muy poco complejas, que nos sacan completamente del devenir de la trama. No obstante, In The Flesh ha conseguido cautivar a la crítica y vuelve a afianzar a la BBC como la “esperanza alternativa” para aquellos que huyen del costumbrismo norteamericano.

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Kiren Walker es un zombie. Bueno, lo era. Lo es. La sociedad que nos presenta In The Flesh, que cae en esa eterna dicotomía la mayor parte del tiempo, es el de una realidad completamente diferente a la nuestra, pero que sigue compartiendo la mayoría de trazos dominantes en cuanto a conductismo y tolerancia humana se refiere. La premisa es muy simple; una empresa lanza al mercado la cura para el PDS (Partially Deceased Syndrome), una droga que permite reinsertar a los zombies en la sociedad de manera ordenada y natural. La única contraindicación que todavía no ha sido posible resolver es el instinto animal y asesino que guardan todos los muertos vivientes y que sus familiares deberán saciar con una inyección diaria en el cogote de un extraño compuesto. Pero los zombies, siguen siendo zombies, por mucho que la mitad del presupuesto de la serie se vaya en lentillas de usar y tirar. Es precisamente ahí en donde In The Flesh se lleva el gato al agua aunque sin demasiado acierto, todo sea dicho. Campbell nos propone mirar por el otro lado de la caja oscura, intentar entender como se podría sentir alguien que ya no vive, pero que es obligado a vivir como si así fuera. Tanto Kieren como sus padres, están completamente desubicados. No entienden qué deben hacer ahora con su hijo, más bien, su no hijo. Quizás el personaje que mejor sabe conducir ese sentimiento es el de la hermana de Kieren, Jem (interpretada por una fantástica Harriet Cains), que forma parte de las brigadas anti-PDS y que no logra entender la postura de los zombies hasta el final.

El espectador realiza una revisión parecida. Lo importante en In The Flesh no son los zombies, ni el nivel épico de la realización, ni las persecuciones, ni el instinto de supervivencia o las armas, en este caso el ejercicio que se propone al visionar la cinta de la BBC es el de la empatía y el cambio de roles. Porque los zombies reinsertados en la sociedad no son más que una metáfora, calcada en papel vegetal, de otras muchas premisas como Frankenstein, Freaks o más recientemente, True Blood; el miedo a lo desconocido y el esnobismo contra aquello que no sea igual al ser humano. Aunque en realidad, ni Kieren ni su mejor amigo Rick (para el que se guardaron un sorprendente giro de guión en la season finale), son personas. Más bien, son el reflejo de lo que una vez fueron y de lo que nunca podrán volver a ser. Porque por mucho que sea factible resucitar a los muertos, nunca será posible traer de vuelta su alma. Algo que también sabe explorar muy bien el primer episodio de la segunda temporada de Black Mirror y que nos hace recapacitar sobre el lugar que encaja la muerte en el día a día de las personas.

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En contraposición a la muerte y al sentimiento de pérdida al que el ser humano se aferra desde tiempos inmemoriales, se contrapone con fuerza el de la aceptación y la inmersión cultural que muchos de los personajes de la serie, congraciados bajo el estandarte de Bill Macy (Steve Evets), no logran experimentar en los primeros capítulos pero que poco a poco terminarán por encajar, sobretodo cuando lo que le pasa al vecino termina por afectarles a ellos mismos. Nadie logra aceptar a los zombies, pero en realidad los zombies, nunca han llegado a existir. Quizás Campbell los utiliza como telón de fondo para dar una segunda oportunidad a las personas, tanto a los mortales para despedirse como a los muertos de cerrar sus asuntos. Si más no, la escena del coche entre Rick y Kieren nos hace pensar en algo por el estilo. Lo malo es que, si esa era la idea inicial de Campbell y Mitchell, la profundidad dramática de los personajes no termina de ayudar para que una premisa de ese tipo logre hacer pie.

Por otro lado, el único momento en el que logramos ver a los afectados por el virus es de manera secundaria y con una clara influencia humanista, representada en la figura del padre que intenta proteger a su hija de la horda de Macy y cía. Quizás por ello, los que esperen encontrar en In The Flesh una nueva entrega de la sangrienta colonización de un grupo de zombies a la inglesa, van bastante desencaminados. No sólo por la premisa, que da la vuelta completamente a las piezas que dispersa The Walking Dead, sino porque considero que es imprescindible dar salida a este tipo de productos alternativos, por mucho que al final la ejecución de la premisa siga siendo bastante patillera.

 In The Flesh

In The Flesh es una serie recomendable, si, pero tiene un buen número de importantes taras visibles ya desde el capítulo uno. Empezando por el protagonista, un jovencísimo Luke Newberry, que nos entra por los ojos con ese rostro cetrino y ausento de vida, pero que a medida que pasan los minutos se desinfla como un globo mal pinchado. En contraposición, Harriet Cains salva los muebles de una casa en la que el peso dramático de los padres se distribuye prácticamente de manera ecuánime hacia ella, dejando de lado la figura de los progenitores como un pero telón de fondo. Por otro lado, la representación del pueblo o “masa” receptora de los enfermos de PDS no es mucho mejor, con un histriónico Steve Evets como un líder incansable de la resistencia y la lucha por el british way of life, que desemboca en la descontextualización del mismo a través de su hijo Rick, interpretado por David Walmsley. Echo de menos una figura alternativa y etérea, que ponga un poco de sentido en todo esto. Todos tienen un papel clave en la construcción narrativa del argumento de In The Flesh, que más allá de incitarnos a odiar a los zombies, nos hace reflexionar con ellos y plantearnos quienes son la verdadera amenaza; el ser humano o ellos.

Aunque parezca una premisa manida (homo homini lupus), lo cierto es que lo único que salvaría de la serie sería esa baza más conceptual que la ejecución de la misma en sí. Un producto que te obligue a ir más allá del mero producto en si. Pese a llevar la factura visual de la BBC y con un telón de fondo favorecido por la época de fandom zombie que estamos sufriendo últimamente, In The Flesh podría haber apretado mucho más la tuerca, componiendo un mapa social arriesgado y con unos conflictos morales duros y recalcados a través de otro tipo de subtramas. No obstante, y teniendo en cuenta el resto de alternativas que nos ofrece la parrilla actual, el drama de la BBC se erige como una de las alternativas más apetecibles y atractivas para el espectador medio, cansado de blockbusters y revivals patilleros. Una buena manera de reflexionar sobre la moralidad y tolerancia social de nuestro tiempo, sin perder de vista el telón fantástico de fondo.

Lo mejor: la revisión del concepto zombie

Lo peor: falta de ritmo, poca fuerza de los personajes y tramas poco interesantes

Tiene una retirada a: Black Mirror

Impresión final: 6/10

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