Robin Hood

Hacía tiempo, por no decir lustros, que tenía pendiente hacerme un visionado on fire de la veterana serie de la BBC, Robin Hood. Y digo veterana, no porque tenga más años que un loro, sino porque en pleno siglo XXI decir que algo es del 2006 es como muy old fashioned. Muy vintage. Sea como fuere e independientemente del trending del momento, lo cierto es que la season finale firmada por Simon J. Ashford me ha dejado un sabor de boca un tanto agridulce. Por un lado tristeza (supongo que todo seriéfilo sabrá de lo que hablo); por saber que ya no hay nada más, que el wannabe que tanto anhelaban Foz Allan y Dominic Minghella ha terminado decantándose hacia la rama de la monotonía y la austeridad narrativa (tan sólo a finales de la segunda temporada pudimos ver algo diferente a la espesura de los bosques de Sherwood), que por la clase de acción que pudiera rascarse de esa clase de historia. Me han faltado tramas más extremadas, violentas muertes que ensangrentaran el pavimento de las calles o personaje experimentales en un elenco de actores demasiado arquetípicos, que se mueven entre el puro lirismo del folklore inglés y el hastío de verse encerrados en una personalidad que se les queda pequeña. No para Jonas Armstrong, que resulta ser el Robin Hood menos convincente que he visto desde que tengo uso de razón. Y son unos años. Y luego, bueno, luego está Richard Armitage.

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Creo que no hace falta presentar a Robin Hood. Extraído del folklore popular ambientado en la convulsa Inglaterra de principios del siglo XIX, narra la leyenda de un forajido al margen de la ley que robaba a los ricos para dárselo a los pobres. Del pueblo para el publo. Algo así como un V en pleno medievo, pero sin máscara ni sombrero. No obstante, y con inevitable sorpresa, la BBC transforma una pieza muy poderosa en un peón sin importancia que mueve dos casillas para dejar paso al rey absoluto de toda la serie; Richard Armitage. El actor británico, que logró conquistarme en su interpretación de Jon Thorton en North and South, The Vicary of Dibley y recientemente en The Hobbit, logra fascinarme (más si cabe) a cada corte de plano. Guy of Gisborne, el antagonista de Robin, es un tipo oscuro, serio y maquiavélico, que bajo la alargada túnica del sheriff de Nottingham (interpretado por un fantástico Keith Allen) urde un plan para que Marion, la hermosa amada de su archienemigo Robin Hood, caiga en sus brazos para siempre. Esto desata una trama al más puro estilo McBeth (pérdida trágica incluida), que atrapa al espectador desde el principio, hastiado ya de tanto héroe cortado por el mismo patrón y que tiene su desenlace en una bizarra pero intensa finale en We are Robin Hood.

Robin Hood (así, a secas) es una serie sobre el poder de un hombre que desafía a un reino. De un hombre que conquista a una mujer, incluso cuando ésta es la inaccesible hija de un acaudalado y bien posicionado noble de la ciudad. De un hombre que es a la vez amigo, hermano, amante. De un hombre que, ante todo, es más que un hombre; es una leyenda. Pero ese hombre también es mortal. Posee las mismas debilidades que hacen tropezar a la condición humana y peca, se equivoca y se golpea en la cabeza con la misma piedra una y otra vez. Corrompe todo lo que le rodea. Porque tal y como dijo el tío de Peter Parker: un gran poder conlleva una gran responsabilidad. Y normalmente el sino de un héroe, es el de estar solo. Quizá por ello Robin Hood es la oda a la soledad. La historia, y mira que resumir tres temporadas en una única crítica es harto complicado, del vacío existencialista que posee al ser humano desde que nace. Y precisamente es ahí donde la serie de la BBC no sabe aprovechar todo su potencial como se merece. Tan sólo en la última temporada, cuando vemos a un Robin hundido y cegado por la ira, es cuando logramos vislumbrar la verdadera naturaleza de un hombre que es de todo menos un personaje plano (por mucho que Armstrong se obceque en lo contrario). Robin se queda solo. Muere solo. Guy of Gisborne está solo (de hecho en la segunda temporada se lo confiesa a Marion cuando intenta ayudarle a escapar del castillo). El Sheriff de Nottingham, también está solo. Ninguno de los personajes principales de la serie logra conseguir paliar dicha soledad. Incluso cuando Robin se adentra en los bosques de Sherwood para descansar a los pies de un árbol y ve a Marion, sigue estando solo. El final de una leyenda, como el de la vida mismo, es la muerte. La única manera de perdurar para siempre.

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No obstante y por mucho que quizás me pese admitirlo, Robin Hood no es una serie de matrícula. Ni tan siquiera de notable raspado. Tampoco sé hasta que punto recomendaría su visionado en calidad de must, pero tiene algo. Y es grande. Quizás no comensa para salvar el resto de los muebles, pero lo cierto es que para mi fue empujón suficiente para terminarme las tres temporadas de un tirón. Y eso que parecía que la serie comenzaba como un producto para el público teen o más enfocado a la pura sátira, pero a medida que avanza la trama los guionistas deciden dejarse de cuentos y logran plasmar la malicia del hombre y la dureza del campo de batalla, tal y como es. Pero aunque esta evolución se produce y es palpable ante los ojos del espectador, los galimatías y la falta de coherencia narrativa terminan por hundir los pocos puntos fuertes que tiene la serie. Aunque tampoco podemos flagelarnos, si los guionistas deciden aburguesar nuestra mente con paisajes idílicos, una buena banda sonora y Richard Armitage, que nos quiten lo bailado.

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Hablar de Robin Hood podría llenar varias hojas de Word. Podríamos discutir de sus licencias históricas (un cura negro predicando la palabra del señor en la Inglaterra de XIX es un tanto inverosímil o la utilización del concepto “diente postizo”), unos efectos especiales dignos de Once Upon a Time o Ringer, la caracterización mimética de todos los extras que aparecen a lo largo de las tres temporadas o lo asombroso que puede llegar a ser un actor cuando le dan un papel a su medida. Sobretodo si trata de alguien de la talla de Armitage, que en los últimos capítulos de la serie ofrece una auténtica master class sobre interpretación dramática y de visionado obligatorio para todos aquellos que, como yo, somos drogodependientes de personajes atormentados y de difícil lectura. “Demons, clowning on my brain”, “I’m already in hell” o “Marion, the love of my life. She was always yours” son escenas soberbias. Metidas en la trama con calzador pero que te hacen mirar la serie con otros ojos. Los ojos de un Guy que no logra comprender nada de lo que sucede. Un poco la mirada del espectador, que parece que está viendo una serie cuando de repente, se da cuenta de que no era verdad. Y los guionistas juegan con eso. A darnos una tercera temporada llena de trampas, saltos de guión y licencias históricas, que luego terminan paliando con un final para quitarse el sombrero. Y el espectador lo asume, porque ya le ha conquistado el espíritu de los bosques de Sherwood, el olor a excremento de caballo y la dulce mirada de Marion tendiéndole la mano a Robin por última vez. Porque en el fondo, todos somos un poquito Robin Hood. Porque en el fondo todos, también estamos solos.

 

Lo mejor: la fotografía, la banda sonora y Richard Armitage.

Lo peor: las licencias históricas y unos giros de guión bastante bizarros.

Tiene una retirada a: Merlín.

Calificación final: 6/10

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