Parade’s End

Ah, el refranero español, qué fuente de conocimiento más maravillosa. Si me cruzara con Benedict Cumberbatch por la calle, además de pedirle una foto cara a cara (como a él le gusta), le cantaría esa conocida frase de; no digas nunca de esta agua no beberé. Que en inglés palaceño será un; “never say I won’t drink of this water” o algo así. Y es que las últimas y desafortunadas declaraciones del actor de Sherlock no han dejado a nadie indiferente. En ellas afirmaba que tenía miedo de sus fans (que gloriosamente se han apodado las cumberbitches) y que le parece francamente patético que la gente le haga fotos destrangis. “Venid y pedidme una foto en condiciones”, afirmaba Cumberbatch. Debe ser que el actor no termina de adaptarse a la fama (y eso que arrasa por donde pasa) y el saber estar. Ahora estrena Parade’s End, la adaptación televisiva de la tetralogía literaria de Ford Madox Ford publicadas entre los años 1924 y 1928 en Inglaterra. Una revisión sobre la Primera Guerra Mundial y con claros tintes de Downton Abbey (me gustaría verle la cara a Cumberbatch cuando le encuentren las 7 diferencias con la serie de Fellowes, a la que el actor ha criticado duramente afirmando que era “una jodida atrocidad”) sobre la vida de Christopher Tietjens, interpretado por el mismo Cumberbatch, un brillante estadístico atrapado en un matrimonio que hace aguas y los sofocantes calentones de sus recatados líos de faldas.

Emitida el pasado 24 en BBC Two, la nueva serie de la cadena británica featuring la HBO, ha llegado por fin a los torrents de todo el mundo. Aunque sinceramente no esperaba con especial ilusión su adaptación televisiva (otra de tantas), lo cierto es que Parade’s End me despertó una curiosidad inmediata al leer el plot y su reparto de actores, encabezado por un recauchutado Benedict Cumberbatch y Rufus Sewell, sin duda alguna el plato fuerte que ha terminado por equilibrar la balanza. ¡Y menuda decepción! Aunque los aproximadamente 60 minutos de duración que se gasta el piloto se me pasaron más rápido que un cigarro en los labios de la madre de Paco León, lo cierto es que la nueva miniserie de Susanna White y escrita por Tom Stoppard me ha parecido un auténtico bluff. Para empezar, y que me perdonen los posibles fans de Ford que puedan haber en la sala y hayan leído las novelas, no sé hasta qué punto puede considerarse Parad’es End una serie en tanto que no hay trama por ningún sitio. ¿Qué quiere exactamente la mujer de Benedict, Sylvia Tietjens con tanta ida y venida de hombres entre sus piernas? ¿Por qué Benedict parece querer guardarle la ausencia a toda costa pese a ir más adornado que el padre de Bambie? ¿Puedo llevarme a Rufus Sewell para que absuelva mis pecados en la intimidad? Tantos interrogantes, y más si la serie parece sacada de un cuadro de Georges Pierre Seurat, no generan otra cosa más que desconfianza hacia un producto que apareció los primeros días en IMDb con un sonoro 4 y que con el paso del tiempo, no sólo la popular la ha llevado a rascar el notable, sino que varios periódicos de renombre de la isla como The Telegraph o The Guardian han recalcado su categoría de must. Quizás mi gusto se haya aburguesado con la calidad de Breaking Bad o incluso Downton Abbey (chúpate esa Cumberbatch), pero lo cierto es que si por mi fuera, no compraba Parade’s End ni en época de rebajas.

No obstante, vale la pena añadir que no todo en la serie de la BBC huele a gato encerrado. Al contrario, la fotografía, los decorados (creo que fueron rodados en la parte de atrás de la casa de los Grantham, o eso parece), el vestuario o la puesta en escena, son de un gusto exquisito y quizás uno de los principales reclamos para todos los fans de la época que deseen deleitarse con la magnificencia y la elegancia de aquellos tiempos. Y en especial la de Rufus Sewell, un actor que ha sido vapuleado en incontables ocasiones y que demuestra en Parade’s End la sobrada experiencia y calidad interpretativa que se gasta el británico. Interpretando a un lascivo reverendo (ese “Detecto la palidez de la masturbación” es glorioso), al actor de Zen o Eleventh Hour le bastan cinco minutos en escena para comerse al resto de actores de la sala con patatas y salsa brava. Por mucho que Cumberbatch ponga esa cara de malote que tanto le gusta y recolecte comida para el invierno venidero, su interpretación (por encima del resto, eso sí) no sirve para compensar la teatralidad de Sewell o la de su mujer, una desinhibida Rebecca Hall. Vale la pena decir que no pega ni con cola con Cumberbatch, pero imagino que nunca llueve a gusto de todos. Pero más allá de la credibilidad del reparto, lo cierto es que Parade’s End engancha. No sabes qué estás viendo pero te gusta perderte, dejarte llevar en una historia que sabes que no conduce a ningún sitio. Quizás no tanto como The Hollow Crown, la también adaptación de la tetralogía de William Shakespeare sobre la historia de Enrique VI, IV, V y VIII por parte de la BBC y que tiene como protagonista a David Bradley, Richard Bremmer y Daniel Boyd, entre otros. Es la nueva saga de los guilty pleasures que tan fuerte lo está petando este año y que comenzó con The River o Ringer, por poner algunos ejemplos. Quizás por ello se haya ganado el beneplácito de la crítica, de los rátings no puedo apuntar aún nada, porque sino no lo entiendo. Muchas series han demostrado sobradamente que con una silla y un par de actores se puede hacer televisión y encima de primerísima calidad, pero hay productoras que siguen obcecadas en que cuanto más mejor. El despliegue económico, de reparto y mediático de la nueva miniserie de la BBC está muy bien, ¿pero realmente es necesario?

Supongo que como todo, habrá defensores y detractores de la adaptación literaria como un nuevo género televisivo pero esta vez, lamentablemente, no estoy de acuerdo. Es evidente que muchas veces es necesario tirar de biblioteca para buscar ideas y mantener la máquina de producción en marcha, pero este tipo de series demuestran que los medios y el dinero no lo son todo. ¿Época de decadencia? Quizás si, pero el principal defecto del que pueda pecar Parade’s End, como bien afirmaba el crítico de The Telegraph James Walton, es de ser ambiciosa. Quizás demasiado. Y es por ello que al intentar abarcar tanto en tan poco tiempo, se queda a medio coser. No llegamos a conocer bien a los personajes y si nos sentimos atraídos por Cumberbatch (sigo preguntándome donde dejó su acento), es meramente porque sigue siendo Sherlock Holmes y poco más. Es evidente que será necesario seguir la evolución de la serie con más detenimiento, pero hasta la fecha sólo podemos verle taras a un producto que debería centrarse más en la intimidad de los personajes y no en la ornamentación de sus decorados.

Lo mejor: Rufus Sewell parafraseando a The Swede de Hell on Wheels.

Lo peor: la trama no tienes por donde cogerla.

Tiene una retirada a: Downton Abbey.

Primera impresión: 6/10

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