‘Touch’: ese ligero roce del destino

En 1930 el escritor húngaro Frigyes Karinthy formuló por primera vez la llamada teoría de los seis grados de separación o lo que a pie de calle vulgarmente se conoce como “el mundo es un pañuelo”. Dicha premisa partía de la base de que cualquier persona de la tierra está interconectada con otra, aunque esta se encuentre en la otra punta del globo, a través de cinco intermediarios entre ambas. Aunque pueda parecer descabellado, años después el sociólogo Duncan Watts corroboró la teoría de Karinthy en su libro Six Degrees: The Science of a Connected Age, en donde exponía extensamente como es posible tal hallazgo únicamente con seis simples saltos. Touch nace de esa necesidad del ser humano por comunicarse. Por ser visibles en la sociedad. Amparada por el esperado comeback de Kiefer Sutherland a la televisión desde su última interpretación de Jack Bauer (nadie parece acordarse de su mini serie online, The Confession junto al gran John Hurt), el nuevo drama de la FOX explora desde el más puro funambulismo, los entresijos del destino, la suerte y las relaciones paterno-filiales, con una maestría que asusta y una fotografía envolvente.

Alejandro González Iñárritu creó escuela con su particular manera de entender el cine. Se trata de una realización novedosa hasta la fecha. Cruda, asfixiante, austera. Milimétricamente controlada y a la vez que funambulista, bordeando esa delgada línea que se extiende entre el azar y el más puro destino. Tim Kring parece querer evocar al mejicano en la concepción de Touch. La historia de un niño de once años, Jake, que padece un profundo autismo y es capaz de predecir el futuro. Su padre, Martin Bohm (un paralizante Kiefer Sutherland), es un hombre viudo de mediana edad venido a menos que debe lidiar con la educación de su hijo con un trabajo mediocre como personal de mantenimiento en un aeropuerto norteamericano. La pérdida de su mujer en el fatídico atentado de las torres gemelas el 11S y la incapacidad para poder comunciarse con su hijo, sumen a Martin en una constante lucha interna consigo mismo. Pero todo esto cambia cuando un buen día Clea Hopkins, una asistente social, obliga a Jake a ser internado en un centro psiquiátrico durante dos semanas tras encaramarse por tercera vez a una peligrosa torre de radio. Aunque Martin se niega en rotundo, las dotes persuasivas de Clea (está claro que esta relación será fruto de una tensión sexual no resulta en un futuro no muy lejano) le hacen cambiar de opinión. Obsesionado por sacar a su hijo del centro, Martin comienza una búsqueda exhaustiva que le llevará a darse cuenta de que el autismo de su hijo no es más que una forma más de comunicación.

Bizarrada donde las haya, Touch es un macGuffin en sí mismo. No importa lo más mínimo las teorías que puedan sostener la trama de la serie, lo realmente importante son los sentimientos. Una caricia, una foto escondida en lo más profundo de la tarjeta de memoria de un móvil, el horno de un negocio familiar. Touch busca “tocar” al espectador. Un boleto sin retorno por un trayecto en el que la mente debe sumirse en un perpetuo estado naïf y participar en la construcción de una realidad regida por el destino. El libre albedrío desaparece para dejar paso una concepción mucho más new age. Utilizando, como ya comentábamos anteriormente, una manera de realizar muy “iñaturriquesca”, Kring (Heroes) nos sumerge en la revisión del prolífico mito de la interconexión a nivel mundial de las personas y como ellas pueden cambiar su propio destino. Si en Babel la historia principal se bifurca en varias secundarias, en el nuevo drama de la FOX se sigue el mismo modus operandi para converger en un único y común destino final. La trama principal se enfoca en la relación paterno-filial entre Martin y Jake, así como la figura ausente de la madre (muerta en un atentado años atrás) y el eterno conflicto de la crianza en solitario de uno de los progenitores. Por otro lado, una wannabe japonesa de karaoke que se deja aconsejar por un conocido para que suba su vídeo a Internet y pueda a darse a conocer en todo el mundo. El móvil con el que graba su actuación en un bar pertence a un joven hombre de negocios que lo pierde en uno de sus múltiples viajes transoceánicos y que quiere recuperar bajo cualquier circunstancia ya que contiene las últimas instantáneas de su difunta hija con vida. No obstante y como nada es lo que parece en Touch, el dispositivo acaba en manos de un grupo de peligrosos traficantes árabes y que utilizarán como detonador de una bomba casera para castigar a un joven que intentaba utilizar el horno de su establecimiento sin permiso.

 Aunque corría el riesgo de quedarse atrapado para siempre en el hype Jack Bauer, Kiefer Sutherland vuelve a demostrar por qué es un grande. Tras su paso por Melancholia, la última opera prima del no siempre exempto de polémica Lars Von Trier, el actor hace acopio de sus dotes innatas de interpretación y borda un papel que no venirle como un guante. Es más, había dudas sobre si el cambio de registro iba a afectar a la calidad de la serie. Pero nada más lejos de la realidad. Sutherland es electrizante. Hay veces que nos apetecería darle un puñetazo por ser tan estúpidamente naïf y otras nos levantaríamos del asiento para darle unas palmatidas en la espalda. Está contenido. Firme. Nos transmite constantemente esa preocupación por un hijo que es lo único que le queda de su feliz vida anterior. O al menos eso es lo que da a entender la trabajadora social cuando le expone sus experiencia laboral de sus últimos años. En cambio Jake es el antagonista de un Kiefer Sutherland que simboliza perfectamente la casualidad, mientras que el primero el destino. ¿Está todo conectado? ¿Realmente nos movemos por la vida atados por los tobillos de una larga cuerda que nos une al resto de personas a las que tocaremos a lo largo de nuestra existencia?

Este es uno de los muchos leitmotivs que mueven Touch. Aunque creo que funcionaría mejor como un telefilm o miniserie, que como un proyecto más extenso, la serie de Kring aún tiene algunos errores que valdría la pena echar un vistazo (¡no todo iban a ser buenas noticias!). Para empezar, el modus operandi del piloto, deja entrever que la tónica general de la historia podría apuntar siempre hacia una misma dirección; las constantes trifulcas en las que se ve inmersas Jake para resolver los futuros acontecimientos, una y otra vez. No sé si nos encontramos en una serie bucle (CSI, House o The Big Bang Theory) o nos movemos hacia algo más. Creo que, además de plantear vías de escape para futuras fallas del guión, creo que hay que eliminar escenas gratuitas que no infuden ningún tipo de valor al producto como el contacto de Martin con Boris Podolsky, un  misterioso profesor que le ayuda a entender a su hijo o la patillera manera de resolver el asunto de la bomba del chico árabe.

Lo mejor: Kiefer Sutherland, la fotografía y el ritmo de la serie

Lo peor: cabos sueltos que podrían afectar en un futuro

Tiene una retirada a: Babel

Primera impresión: 8/10

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