‘The Walking Dead’ o como ser víctima de uno mismo

El estreno de la segunda temporada confirma el pésimo estado de forma de la serie

Dice el refranero español que Segundas partes nunca fueron buenas y, sinceramente, yo no encuentro una frase mejor para resumir a la perfección la delicada radiografía que presenta The Walking Dead. La adaptación del aclamado cómic de Robert Kirkman, apuntaba maneras en un primer episodio plagado de efectos especiales intrigantes y un cierto toque destartalado del lejano oeste, que nos evoca vagamente al más puro western. Un auténtico approach a lo que podía ser perfectamente el pistoletazo de salida de un nuevo subgénero: el terror de supervivencia. Pero como todo en esta vida (y sobretodo la manga ancha de la cadena), la cosa se fue de madre.

Tanto la AMC, como los propios seguidores de la serie (habrá algún naïf que aún siga dándole oportunidades), son conscientes de que hay algo que no funciona. Y con no funcionar no me refiero a esos sinuosos diálogos metidos con calzador entre un elenco de por si casposo y mal dirigido, sino que Frank Darabont ha dado señales de haberse vuelto loco. Definitivamente. No obstante y pese a ello, la cadena se ha pasado todo el verano bombardéanos con un intensa y dosificada publicidad, basada en mostrar lo mínimo para hacer esperar al espectador el máximo. Un wannabe que en otras series de renombre han dado resultado, pero que en este caso han terminado siendo una verdadera estafa.

Algunos expertos en ficción televisiva han catalogado las segundas temporadas como el nexo clave para consolidar una serie o provocar su descalabro total. Otros, que simplemente pueden llegar a desilusionar al neófito más incipiente con ansias de recuperar el entrañable espíritu perdido de Lost o X-Files, y que termina convirtiéndose en ese niño que no encuentra nada en su calcetín la noche de reyes. No obstante, The Walking Dead no ha sido la única en experimentar tal descenso cualitativo, si es que alguna vez hubo alguno. Series como Damages, Psychoville o In Treatment también sufrido en sus propias carnes lo que se está convirtiendo en un auténtico fist-fucking para la industria televisiva.

The Walking Dead es la perfecta paradoja del peligro que tienen las grandes cosas. Consolidada como uno de los títulos más caros de la AMC (por detrás de Mad Men, por supuesto), la serie de zombies lo ha tenido todo a su favor. La premisa de un cómic tan excelente como es el de Kirkman, un panorama virgen (visualmente hablando) y el respaldo de un público verdaderamente devoto del género, que iba a ver religiosamente aunque sólo fuera el primer episodio. Y eso que precisamente éste, fue uno de los mejores, junto a la season premiere de la segunda temporad, y que consiguieron mantenerme en vilo desde el momento en que le di al play. Ahora, casi una docena de capítulos más tarde, no queda ni rastro de esa genialidad que desplegó Darabont ante nosotros. The Walking Dead no ha sabido contagiarse de la genialidad de otras obras como Mad Men o Breaking Bad, o la confianza depositada por los espectadores y que la han convertido en el drama más visto del cable. Ahora sólo se respira mediocridad. La doble vertiente que ofrecía esta amplia lectura, como es la historia de un grupo de seres humanos que deben seguir siéndolo y no caer en la oscuridad de sus más primarios instintos, se pierde en un guión mal elaborado y que transpira incongruencias por todos los costados. Kirkman lo traduce a la perfección en el hype del momento, que pocas relaciones guarda ya con la adaptación de la AMC.

 Y si la trama de por si no avanza, las alternativas que tenemos para huir de ella no son mucho mejores. Unos actores pésimos (ni su protagonista Andrew Lincoln se salva) firman la sentencia de muerte de una serie en la que teóricamente se persigue sus experiencias respecto a la pérdida de un ser querido, el miedo o la amistad. No nombraremos a otros grandes títulos como Six Feet Under o The Sopranos, en los que cada uno de sus protagonistas si que termina realizando una conversión paulatina e igualmente racional, que muchas veces es la que empuja a la serie hacia futuros acontecimientos. En The Walking Dead no hay una clara percepción del miedo. Ni siquiera cuando alguno de sus miembros está en peligro o desaparece, hay interés alguno en que reaparezca. La serie de la AMC ha sido víctima de su propia sombra. Un trompe-l’oeil que se balancea ahora en la seguridad que le otorga una fe ciega por parte de su productora y los datos de audiencia.

Mucho deben mejorar las cosas para que yo, al menos, siga viendo algún capítulo más de The Walking Dead. Dado que Darabont no parece saber encontrar el punto medio entre la trama de los walkers y la de los personajes que huyen de ellos, creo que debería decantarse únicamente por una y ceñirse a ella estrictamente. Dado que la capacidad interpretativa actual (los nuevos fichajes no han servido de mucho, más bien al contrario) da para lo que da, creo que el drama debería incentivar mucho más la acción de los zombies, cuyas apariciones en los últimos episodios han sido más bien escasas. No nos interesa saber si Glenn siente algo por la chica basta de la granja o si Shane tiene trastornos de personalidad. Queremos sangre, vísceras, escenas trepidantes y peligro constante. Queremos que nos devuelvan a la serie del principio, aquella que despuntaba al alba al sonido de los pies descalzos de Rick asomándose por la puerta del abandonado hospital. Todo eso pasa por las manos de Darabont. Hasta entonces, sólo nos quedará esperar y desear de todo corazón que la AMC entre en razón y se tome un tiempo para darle un giro tan necesario como esperado a la serie.

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