Homeland: de ticks en los dedos y conspiraciones varias

Showtime marca distancias esta temporada con Homeland, un thriller psicológico con claras pinceladas de drama político (no hay más que ver la controvertida crítica vertida sobre la diplomacia del gigante norteamericano), cuyo estreno ha sacudido la pequeña pantalla, no sólo por su aparente calidad sino por las altas expectativas que ya deja entrever el piloto. No era la primera vez que oíamos hablar de las posibilidades de lo nuevo de Michael Cuesta (más conocido por su papel como productor en series como Dexter o Blue Bloods), de hecho, ya circulaba por la blogosfera que su estreno apuntaría maneras, aunque en el fondo todos esperábamos el comeback de Claire Danes tras su trabajo en Temple Grandin (premiada película de la HBO) y el de Damian Lewis. El resultado no roza la perfección ni mucho menos, de hecho hay aspectos por limar, pero es algo medianamente decente en una temporada salpicada de pésimos estrenos.

Nicholas Brody es un marine. Como buen soldado que se precie tiene una bonita casa, una familia ejemplar y jura la bandera como un americano de a pie más. Pero cuando es capturado en Irak por las malvadas fuerzas de Al-Qaeda en 2003, todo cambia. Su vida se desmorona, pierde el rumbo, el concepto de tiempo y moralidad, se sumerge en una espesa oscuridad tan alejada de casa que cuando un grupo de Delta Force le encuentra diez años después durante una incursión militar, a penas puede balbucear su nombre. Regresa al continente que le vio nacer visiblemente desmejorado. De hecho, en una de las primeras escenas en las que Damian Lewis pisa el escenario (tras ser encontrado en el zulo árabe) lo confundimos con Tom Hanks en Cast Away, sólo que nos falta Wilson. Brody pone un pie en la civilización occidental y el país le recibe como un héroe. Incluso su mujer Jessica (interpretada por una inverosímil Morena Baccarin), cuyos escarceos amorosos con Mike, el mejor amigo de su marido, no parecen poder privarle de darle un gran abrazo nada más verle. Ni sus hijos le reconocen, pero Nicholas sabe que está en casa. Homeland. Por otro lado Carrie, a la que da vida Claire Danes y de la que poco queda de aquella frágil Julieta en la película de Baz Luhrmann, busca desesperadamente la prueba incriminatoria que enlace al marine con la red terrorista de Abu Nazir. No ayuda el hecho de que tome anti-psicóticos como quien come lacasitos, ni de que frecuente bares para encontrar ligues de una noche, tan impredecibles como peligrosos.

En general, Homeland se deja ver. Tiene todo lo que un thriller requiere; mentiras (encarnadas en la fachada de Jessica frente a su marido y evitando que éste se entere de su affair con Mike; las constantes pujas entre Carrie y su amigo de Bricomanía, escondiéndole su problema con los anti-psicóticos; o el mismísimo Brody, al confesar a la viuda de su amigo que él no se encontraba en la habitación cuando unos terroristas le golpeaban hasta morir), las trifulcas políticas (mitificación de la lucha anti-terrorista que los marines están desarrollando en Irak y las constantes alusiones a los conflictos armados que provocan la captura de miles de americanos inocentes) y misterios (el extraño macguffin en que se convierten los desacompasados movimientos de los dedos de Brody ante la cámara; el primer preso al que Carrie intenta salvar y del que desconocemos su estado; o los astutos planes que el marine intenta llevar acabo al pararse frente a la Casa Blanca). Además de ello, la serie de Showtime ha demostrado que también puede ser una excelente plataforma para debatir sobre el peliagudo tema de la moralidad y el síndrome de Estocolmo (reacción psíquica en la cual el secuestrado desarrolla una cierta empatía por el secuestrador). Ahora Brody parece haberse pasado al otro lado, con todo lo que ello conlleva y es por ello que Carrie instala cámaras en su casa hasta detrás de la puerta del frigorífico. El fin justifica los medios. Pero a Brody le han quitado ocho años de vida, ocho, que ningún vicepresidente del gobierno le puede devolver, ni su desestabilizada familia al borde de la descomposición. El marine necesita otros medios, otras vías de vendetta. Por eso mira con desafío a la casa blanca mientras corre por las frías calles neoyorkinas. Quizás simplemente juegue con nosotros como otras series de intriga ya han hecho, pero lo cierto es que hay algo en la mirada de Brody que nos hace pensar que esconde algo.

Con tintes de The Good Wife (el drama de la figura paterna ausente, la madre tentada a dejarse seducir por nuevos ambientes, los dos hijos, etc), Homeland llega en el momento apropiado. Tras la cancelación de Rubicon, serie de la AMC cancelada la pasada temporada, la nueva serie de Michael Cuesta propone un interesante juego de intriga y relaciones diplomáticas entre oriente y occidente, así como la eterna dicotomía de si el fin justifica los  medios y hasta que punto puede el gobierno tomarse la libertad de utilizar a los seres humanos como mercancía de guerra o como detectives sin escrúpulos. Hasta la fecha el piloto ha sido suficiente para poner a bajar el siguiente capítulo de Homeland. Los actores, salvo la actuación de Morena Baccarin (nunca me ha hecho especial gracia) son correctas y estables e impregnan de cierta verosimilitud a la historia, mientras que el guión se estructura sólido y sin fisuras. Esperemos que este primer contacto siga un buen curso y no una mera cortina de humo.

Lo mejor: la solidez del guión y la clara exposición de los hechos

Lo peor: una trama tan enrevesada puede terminar convirtiéndose en un sisentido

Tiene una retirada a: The Good Wife y Rubicon

Primera impresión: 7,0/10

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