‘Spartacus: Gods of Arena’; ¿mejor que su predecesora?

La segunda entrega de la épica saga de Starz, Spartacus: Gods of Arena, cuya cadena está sabiéndola explotar de una manera muy inteligente, se estrenaba el pasado mes de enero con un importante hándicap a batir; ser mejor que su predecesora Spartacus: Blood and Sand. Y es que el listón era amenazantemente alto tras el paso de Whitfield y compañía, muchos de ellos repiten en sus respectivos papeles, que no dejaba mucho margen de error para unos fans que, como yo, ansiábamos conocer los orígenes de la casa del gran Batiatus. Como a veces suelo equivocarme juzgando según que series, otras sigo ratificándome en mi decisión inicial, dejé pasar unos prudenciales cuatro episodios –ya en el piloto tuve que rascarme los ojos con fuerza para comprobar si era un sueño–, y he llegado a la conclusión de una cosa; segundas partes no tiene porque ser siempre un desperdicio.

Supongo que el jugar en casa y contar con un producto que ya ha salido al campo y ha probado el ambiente que se respira es una auténtica ventaja de cara a plantearte la precuela de una historia. Sobretodo porque permite eliminar esos errores tan molestos del pasado y Spartacus: Blood and Sand, tenía y unos cuantos. A la ya cansina estética de 300, que para el primer episodio está bien pero que al séptimo estás por tomar un camino, se sumaban unas tramas un tanto largas y suficientemente enrevesadas como para no llegar a cuajar en el espectador (un caso claro es la angustiosa búsqueda de Sura por parte de Spartacus). Esto no sólo no ayudaba a enriquecer la historia, sino que la anclaba en un mismo punto cuyo eje no dejaba de girar y girar alrededor de algo que de por si no tenía ningún tipo de interés y hacia mitad de la temporada, la serie llegó a convertirse en un auténtico suplicio. En cambio en Spartacus: Gods of Arena, el aire es fresco. Ya no tenemos esa estética noir, medio ensombrecida por sequía y unos decorados tremendamente toscos y abruptos. Ahora predomina la luz. Quizás no es muy potente, pero se convierte en un elemento fundamental que, personalmente, cambia completamente el espíritu de lo que hasta ahora nos había mostrado Steven S. DeKnight. Eso si, el slow motion y la temática de videojuego estilo God of War, sigue siendo la marca característica de la serie.

En esta nueva historia que se nos presenta ante nuestros ojos, las cosas parecen estar del revés. Batiatus ya no es el consagrado hombre de negocios que vemos en Spartacus: Blood an Sand, jugando a placer con sus socios y moviendo los hilos como burdas marionetas. Ahora es un hombre débil, temeroso por la alargada sombra que su padre Titus proyecta rondando por la casa y repitiéndole constantemente su falta de talento para mantener la reputación de su familia. A su lado la férrea Lucretia sigue sus pasos de una manera soberbia, en un alarde de profesionalidad y capacidad interpretativa, Lucy Lawless se mete a todo el mundo en el bolsillo y se aleja ya por fin del estereotipado personaje de Xena que le dio la fama en los 90. Alrededor de esta importante estructura giran el resto de los personajes, a la mayoría ya los conocemos; como a Barca, el gladiador homosexual que en su vida privada le gusta cuidar de las palomas de sus amantes; Ashur, del que aún no sabemos como adquirió la cojera que posteriormente vemos en Spartacus: Blood and Sand; Doctore, antes Oenomaus, y esa extraña relación que mantiene con sus más allegados y finalmente Crixus, ese gran guerrero sin aparentes fisuras que se nos vende en la primera entrega y del que descubrimos un miedo irracional a perecer en la arena. A ellos se le suman Gannicus, con un sorprendente e irreconocible Dustin Clare y una tropa de acérrimos enemigos de Batiatus, que intentarán por todos los medios impedir su participación en los juegos de la ciudad.

Spartcus: Gods of Arena no es más que un ejercicio de introspección en la vida de los personajes que giran alrededor de Batiatus. Y eso que DeKnight corría el riesgo de caer en ese letargo del que no logró despertar su predecesora, pero en vez de eso, el director sabe muy bien jugar con los recursos de los que dispone y nos presenta una historia mucho más interesante, adornada por una frescura, condicionada también por la entrada de nuevos personajes, que saben amoldarse completamente a la estructura que ya sigue la serie. Gracias a esta nueva entrega podemos llegar a conocer en más profundidad los entresijos que convirtieron a un vulgar mercader de esclavos en una auténtica leyenda de Roma. No sólo existe Crixus, entendemos que bajo ese amarillo cielo tan pixelado habitaron otros hombres de igual envergadura que, pese a no liderar una revolución como lo hizo Spartacus, saben llevar a la perfección la dureza de los combates entre gladiadores a su máximo esplendor. Spartacus: Gods of Arena no es la precuela, es la auténtica marca de la saga.

 

Lo mejor: tramas más dinámicas y una eliminación de los errores de la predecesora Blood and Sand.

Lo peor: los malos son muy malos y los buenos muy buenos.

Tiene una retirada a: Spartacus: Blood and Sand.

Primera impresión: 8,9/10

Comments

  1. Ya voy por la cuarta y última temporada y para mí nada como la primera temporada, con Andy Whitfield. Las otras están MUY bien pero no llegan a ese nivel de excelencia.

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