Grav·i·ty

GRAVEDAD BAJO CERO. El otro día tuve –no sé si decir la suerte o más bien la desgracia–, de visionar el primer episodio de la nueva serie Grav·i·ty, y lo primero que me vino a la mente tras saltar los títulos de crédito es que me encontraba delante de algo que no había visto antes. Es una mezcla entre indie y un thriller de segunda, con patosos toques de humor negro y aliñado por unas interpretaciones que cabalgan entre la profundidad más simplona y unos primeros planos de infarto. Tras las cámaras, el tandem formado por los desconocidos Jill Franklyn –que se las arregló para terminar el guión en plena vaga de guionistas, allá por el 2007– y Eric Schaeffer, su colega que le ayudó a vender el producto a la cadena Starz.

Con el nombre inicial de Suicide for Dummies –algo así como Suicidio para tontos–, la finalmente Grav·i·ty, narra la vida de un grupo de excéntricos individuos que deciden apuntarse a un grupo de apoyo tras varios intentos frustrados de terminar con sus vidas. Al frente del pelotón, una Krysten Ritter – a quien todos recordaremos por su aparición en Breaking Bad dando vida a la drogadicta novia de Jessie– da vida magistralmente a Lily Champagne, una joven perturbada que se dedica a retratar personas anónimas, colgarlas de las paredes de su apartamento y fingir que las conoce de algo. Paralelamente, conocemos a Robert –Ivan Sergei–, un hombre encerrado en sí mismo tras la muerte de su esposa, que intenta desesperadamente borrar su recuerdo arrojando su coche, él incluido, por un acantilado. Pero la suerte le da la espalda y termina aparcando en la piscina de un crucero. Aunque pueda parecer raro y de permisivas licencias, Grav·i·ty es así. Despreocupada en cuanto a formalismo narrativo, no le importa abusar de los primeros planos o de unas panorámicas que a veces parecen arrastrar la misma mierda que los protagonistas de la historia. Lo único que prima es el fondo; el suicidio visto de una manera satírica, más bien tirando hacia la tragi-comedia. En ningún momento se nos transmite una idea positiva o negativa del suicidio. Franklyn y Schaeffer prefieren dibujar un discurso plagado de recovecos por los que el espectador puede sentirse libre para indagar y formularse sus propias teorías. A lo largo del piloto también conocemos al resto del grupo y a su “líder espiritual”, Dogg McFee, que se perfila como uno de los personajes más interesantes del reparto, con esa voz tosca y ronca que parece que surja de las profundidades de sus entrañas.

Grav·i·ty no cuenta con un presupuesto desorbitado, ni con un reparto de aupa, tampoc ha recibido la campaña de marketing que respaldó a Flashforward o a Perdidos, pero ha sabido hacerse un hueco en el mundo de los grandes y sumarse a la agenda de visionados obligatorios. Por primera vez, no estamos frente a un producto que pueda ser etiquetado fácilmente. Personalmente, no la considero un drama, una comedia o thriller neo-noir. Grav·i·ty es algo más. Es un cúmulo de despropósitos montados con gracia y delicadeza, una historia que parece mal contada pero que nos atrapa desde un principio y más cuando poco a poco los guionistas nos van descubriendo pinceladas de los aspectos más oscuros del ser humano. Me imagino que su acidez a la hora de tratar el tema del suicidio y la muerte no será del agrado de todos, pero hay veces que vale más tomarse las cosas con un poco más de humor.

Primera impresión: 6,5/10

Trackbacks

  1. […] por Mishaj Budowsky on 01/07/2010 · Leave a Comment  Poco nos hizo preveer que Grav·i·ty iba a tener un final tan bochornoso y sorprendente. El drama, que no ha terminado su primera […]

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