El ojo de Jack se cierra para siempre

“DIJO EL SABIO, LA VIDA ES UNA PARTIDA DE AJEDREZ”

Anoche terminó Perdidos con un final que no ha dejado indiferente a nadie. Algunos lo tachan de cliché, otros de aberración televisiva y otros, simplemente, lo dejan ir y lo aceptan como una indiscutible manera de cerrar un capítulo que ha marcado un antes y un después en la televisión contemporánea tras seis años de emisión.

En el tintero, Abrams, Cuse y Lindelof, se han dejado muchas preguntas sin resolver y no parece que tengan intención de contestarlas en un futuro próximo. Se olvidan de Perdidos hasta nuevo aviso. Es más, han avisado que quieren mover ficha y centrarse en proyectos completamente diferentes. Los entendemos, pero no podemos negar que nos pica el gusanillo por saber qué demonios se traen entre manos para no querer solucionar algunos enigmas totalmente fundamentales para poder redondear el concepto de lo que es Perdidos. La teoría de Seriespot sobre el final de la serie es esta:

Con el capítulo recién comenzado, ya sabíamos que estábamos delante de algo grande. Lo decían las caras de las casi 50 personas que nos habíamos reunido en Bharma para despedir Perdidos y a todos sus personajes -ya como de la familia- y descubrir el desenlace que “teóricamente” daría respuesta a muchas de nuestras preguntas. Nada más lejos de la realidad. Perdidos ha empezado como terminó; clavando interrogantes en las mentes de todos los espectadores. Al principio, y tras casi dos horas y media de episodio, la primera reacción es no sentir nada. Es una mezcla se sentimientos confusos que se unen para formar una convulsa nube de desconcierto patológico. Se ha convertido en una pura alegoría de la Divina Comedia de Dante. La redención que todos aspiramos algún día y que nos llevará a un mundo completamente onírico en el que podremos ser quienes queramos ser. Eso es lo que creo que es la serie: una representación magistral de la soledad del ser humano en un mundo devastado por el capitalismo, la globalización y los tiempos líquidos de Bauman. Los cuarenta supervivientes que van a parar allí no lo hacen de manera arbitraria, sino siendo escogidos por una figura sobrenatural y mística que lo rige todo en esa minúscula pero excitante isla que no sabemos que es. Pero quizás eso no tenga importancia. Tal vez estamos de nuevo ante la enésima representación que Cuse y Lindelof se sacan del bolsillo para narrar las peripecias humanas que a todos nos atraviesan el pecho. ¿Qué pasaría si nos perdiéramos en un lugar aislado con un grupo de desconocidos? Probablemente tirarnos de los pelos y buscar la manera de partir el coco sin dejarnos la cabeza, pero más allá de trasladarlo a lo mundano los guionistas se valen de cada uno de los personajes para dibujar un cuadro espléndido de humanidad, amor y entrega a la vida. Una vida que termina siendo arrebatada a los “losties”, porque es así, porque es como tiene que ser.

Es el destino, ese que tanto aseguraba Faraday que no podíamos obviar. Estamos frente a la fe y a la ciencia. La medicina y la creencia de que un trozo de tierra es capaz de devolver la movilidad a un hombre maltrecho. John Locke simboliza todos aquellos que siguen creyendo en el más allá. En ese ser humano anclado en la religión y en las tablas de la ley, mientras que Jack perfila el hombre moderno, el que necesita pruebas fehacientes para constatar que todo lo que hay, existe. La ironía es que al final Jack debe dejar de ver y empezar a creer. Es un viaje por un auténtico infierno, una manera de encontrar la redención a los pecados mortales de todos ellos. Mientras que la realidad paralela, que nunca fue tal cosa, es el final del viaje. Aquel viaje que comenzamos todos desde los pliegues del sofá aquel 22 de septiembre de 2004 en la ABC. Por entonces no sabíamos, de hecho, no teníamos ni pajolera idea de lo que se nos venía encima, pero aún así nos entregamos en cuerpo y alma a una serie que no entendíamos en absoluto. Jugábamos a ser dios con los guionistas, cuando ellos iban cuarenta kilómetros por delante. Pero nos gustaba el hecho de poder escribir el futuro de personas como Sayid, Kate o Hugo. Era excitante. Es por eso que el final no podía ser algo sobrenatural. Más bien todo lo contrario, debía ser terrenal, fruto de la mortalidad que posee cada uno. Incluso Jacob que teóricamente puede vivir eternamente es arrastrado a los dominios del barquero. Y como él, todos los que en algún momento pasaron por la serie.

Con The End hemos vuelto a vivir lo que saboreamos las primeras temporadas; amores reencontrados, duras decisiones, apariciones inesperadas y saltos temporales que no entendemos. No sabemos que hace Jack tirado en una semi- piscina rudimentaria, riendo tras haber taponado de nuevo la luz de la isla o el motivo por el cual Vincent campa a sus anchas por el bosque de bambú. Pero Cuse y Lindelof no se molestan en resolverlo. Tan solo se despiden de los personajes en esa “realidad paralela” que finalmente descubrimos que es. Es un Sexto Sentido, agudizado por las premisas que han convertido a Perdidos en un clásico sin precedentes. Si a ello le sumamos la figura del guía espiritual, primero encarnada por Jacob y posteriormente por Desmond, el “cocktail” espiritual es redondo. Tras una sexta temporada llena de lagunas interpretativas y narrativas, se cierra el telón con una sensación en el cuerpo: dejarlo ir. Eso es precisamente lo que le dice el padre de Jack a su hijo; no hay explicaciones, porque no tiene sentido hacer más preguntas. Has realizado un viaje, has salido de tu inmunda vida solitaria, te han atrapado todos los peligros habidos y por haber, te has enamorado y ahora por fin, ha llegado el momento de partir. Porque eso es la vida; un viaje por los entresijos que supone ser un ser humano. Es como leer a Boris Vian, empaparte de las obras de Kandinsky, intentar descifrar las películas de Buñuel. Son experiencias que rozan el coma existencial y que hacen que cientos de personas se reúnan a las 6 de la mañana un lunes para disfrutar todos juntos, respirar el mismo aire y empaparse el pañuelo de lágrimas con un final tan lógico como bien llevado.

Atrás quedan las horas y horas dedicadas a elucubrar teorías que al final, no tenían ni pies ni cabeza. Se nos escapan cosas y supongo que esa es la rabia contenida de todos aquellos que despotrican contra Perdidos. Yo, no lo defiendo, tan sólo lo dejo ir.

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