Sons of Anarchy

TODO POR EL CLUB. En unos tiempos infestados de vampiros afeminados de tres al cuarto, “remakes” de invasiones extraterrestres y mucho, pero que mucho toqueteo adolescente, se agradece que alguien como Kurt Sutter, productor y guionista de The Shield, ponga orden en la sala de la mano de Sons of Anarchy, una serie no apta para forofos de las cuatro ruedas.


Nuestra historia se centra en SAMCRO, una banda de moteros que habitan en Charming, un apacible pueblo de California. Aparentemente, no son más que un grupo de hombretones que se dedican a pasear por las calles haciendo ruido con sus Harley Davidson y montando orgías más propias de la antigua Grecia que de la América contemporánea, pero nada más lejos de la realidad. Bajo esa fachada se esconde una red de violencia, tráfico de armas y ajustes de cuentas, que no tardarán en pasar factura a “Los hijos de la Anarquía”. Entre toda esta vorágine de acontecimientos, encontramos a Jax Teller, un joven muy bien parido –dicho sea de paso-, a caballo entre lo políticamente correcto y “a veces me tomo la justicia por mi cuenta” que debe compaginar su reciente paternidad con la vida motera del Club. Pero a medida que avanza la trama, el llamado a ser el próximo jefe de SAMCRO, comienza a plantearse el curso que está tomando una de las partes más importantes de su vida. Tampoco es que sea de gran ayuda el extenso legado que su padre le dejó tras su muerte, y que le empujan a propulsar su particular revolución que tendrá un gran peso en la segunda temporada.

Un reparto sublime y un guión complejo y bien estructurado hacen el resto. Cabe destacar las grandes interpretaciones de Ron Perlman, que encarna a Clay Morrow, el jefe de SAMCRO y la de su esposa Katey Sagal, a la que vimos recientemente en Perdidos, pero con un papel bastante secundario. No obstante, Sutter se ha encargado de caracterizarla como una matriarca sobria, sin fisuras, que sabe transmitir a la perfección esos conflictos internos entre cuidar de su familia y lo que es mejor para el Club. Otros nombres a tener en cuenta son Kim Coates, Mark Boone o Dayton Callie, indispensable en su interpretación del policía corrupto al servicio de otros intereses a parte de la ley. Quizás el más flojo de todo este reparto sea el protagonista Charlie Hunnam, que sabe encajar bien el papel de macarra, pero que se queda corto a la otra de transmitir lo que siente su personaje. Un protagonista complejo y bien estructurado que podría decir mucho más.

Dos temporadas ha necesitado Sons of Anarchy para demostrar de lo que es capaz y asegurarse su continuidad en la FX, tras la marcha de The Shield. No es una más, ni un puente o alternativa en tiempo de escasez de series de “primera línea”. Sons of Anarchy es directa, fría y profunda. Con pinceladas de humor negro, líos amorosos, violencia, grandes dosis de humanidad y ante todo, un discurso moral que es capaz de palparse durante las dos temporadas que lleva en antena: hasta donde merece la pena llegar por un objetivo. Sin olvidar tampoco la gran banda sonora, que ameniza alguna que otra escena. Siempre con ese toque country de la América central que tanto gusta a los moteros.

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